martes, 12 de mayo de 2009

HABITACION 101


Domingo, otoño, 18:45
La estancia en semipenumbra, dos velas rosadas encendidas, sendas llamas ondean, el olor a parafina se come el ambiente, la débil corriente de aire que produce el estropeado aparato de aire acondicionado mientras apesta a humedad la habitación balancea el fuego de los cirios haciendo que la sombra reflejada en la pared cambie constantemente de lugar.
Los viejos muelles del somier chirrían.
Se oyen susurros.
Gemidos.
Risitas.
Tumbado panza arriba un viejo marinero de tierra, sonríe desnudo, solo lleva puestas las gafas, empañadas por el fogoso momento, ve con turbidez a una bella mujer.
Isabel cabalga rauda sobre aquel extraño ejemplar de hombre, solo viste ropa interior de cuero blanco nuclear, en su mano derecha un abanico español color rojo pasión alivian las calientes gotas de sudor que se deslizan por sus largas pestañas encauzándolas hacia las arrugas de su cara que se le forman al gemir, de vez en cuando cierra con un grácil gesto el ventilador manual, y al mismo tiempo que envite al viejo marinero, fustiga con bravura su rostro, como si tratara de marcar el ritmo.
El, apunto de llegar al éxtasis, mira a través de la neblina de sus binóculos el movimiento de los pechos de su amazona, mientras su boca comienza a abrirse cada vez mas, y mas, y mas, y mas, necesita mas aire, pues su mente se esta comenzando a turbar.
Isabel que hasta el momento iba al trote, empezó a subir el ritmo, el movimiento de sus pechos formaban pequeños tornados en el espeso ambiente, los gemidos fueron multiplicándose rebotando el la insonorizada habitación, elevo la mirada hacia el espejo sito en el techo a la par que su zurda clavaba sin piedad las largas uñas teñidas de sangre en el pecho del gigantón. Los dos habían alcanzado el clímax, sus cuerpos sudorosos se fundieron, como un afluente a su río.
Isabel cogió un cleenex de la mesita, limpio su sexo y sin cambiar de pañuelito quito el vaho de las gafas de su amado, dejándolas después sobre la mesita..... levantose y dirigió su frágil cuerpo al baño, se giro, lo miro, y ¡LEVANTA YA JODER!
Todavía tumbado y sonriendo, abrió los ojos, su cara se transformó, con su diestra cogió las gafas, con las prisas se las calzo al revés, miro al techo, puso su mano sobre el corazón y resoplo, le había parecido ver que alguien lo miraba desde el techo, ¡idiota! Es mi reflejo en el espejo.


Isabel: 69 años
El Capitán: 71
El primer domingo de cada mes se citan en el mismo tugurio de siempre, en la misma habitación.
Llevan cuarenta años con la misma rutina.
Isabel, y su Capitán, no se quieren.
Pero, aman.
¿No es eso lo importante?


J.G.Barbey