sábado, 20 de diciembre de 2008

CUENTO DE NAVIDAD

Erase una vez...
Un pequeño pueblo de los pirineos.
Allí vivía Pau y su mujer Laia, con su único hijo Pep.
Los años pasaban incansablemente entre el trabajo y las tareas del hogar.
Pep, paso de la infancia a la adolescencia pausadamente, y después sin nadie darse cuenta se convirtió en un hombre. Comenzo a festejar con una muchacha del pueblo vecino, para dos años después celebrar la boda. Todo era felicidad.
Mas tardaron, cuatro años en concebir el hijo tan deseado.
Marc nació el día de noche buena, y fue bautizado en la catedral de Santa María de Urgel el siguiente jueves santo.
Pero la felicidad no dura eternamente, y un día frio y soleado, Pau fallecía de un infarto.
Laia, fue a vivir con su hijo, su nuera, y su apreciado nietecillo. Laia había vendido su casa y todas sus tierras, donandoselo todo a Pep. Pero quien administraba la casa y las cuentas era su mujer, y en pocos años, despilfarro aquella pequeña fortuna.
Pep tenia un duro trabajo y un pésimo sueldo. La alegría de aquella casa se había ido esfumando.
Su mujer le recriminaba constantemente, lo poco que ganaba,que su madre era una boca mas, que no llegaban a final de mes, y así un día tras otro, y otro mes, y otro año.
Un día de Navidad, Pep llegaba a casa cansado, su mujer volvía a hurgarle en las entrañas con respecto a su madre, y Pep exploto, fue a hablar con su madre, le explico que la situación económica no era muy buena y que ya no podía permanecer por mas tiempo en aquella casa, la madre lo miro, y sin decir nada se fue. Tenia setenta y ocho años y ningún sitio a donde ir, pero se fue.
La mujer de Pep, en un acto de cínico civismo,le dijo a su marido -cariño, le podrías dar una manta a tu madre por lo menos, ahí fuera hace mucho frío-
Pep miro a su hijo -Marc, corre a tu cuarto, y traeme una manta, para que se la lleve a la yaya-
Marc salio corriendo a su habitación. Pasaron los minutos y Marc no regresaba, fue entonces Pep al cuarto de su hijo, y se lo encontró sentado en el suelo, con unas tijeras cortando la manta.
-Pero hijo ¿porque estas cortando la manta?-
El niño siguió cortando, y cuando hubo acabado, le dio la mitad a su padre y le dijo.
-Esta mitad es para que se la lleves a mi abuela, y la otra mitad, la guardare para cuando tu seas viejo y te tenga echar de casa-
Pep enseguida comprendio la lección que le acababa de dar su hijo, cogió una manta nueva y salio corriendo en busca de quien le había dado la vida. A la media hora la encontró en la plaza mayor, su pelo cano cubierto de nieve, temblaba de frío y de soledad, le echo la manta y la abrazo mientras las lágrimas se congelaban en sus mejillas.
Al volver a casa, la sentó en la mecedora, junto a la chimenea, espero a que entrara en calor y acto se guido, cogió la manta, se la tiro despectivamente a su mujer, y cogiéndola del brazo la acompaño amablemente hasta la puerta, y una vez allí le propino una patada en el culo.
Y fueron felices y no comieron perdices porque no les gustaban.
A la mujer la vieron años después en París, trabajaba en un lúgubre burdel.
Y colorín colorado este cuento podría no ser un cuento.