miércoles, 17 de septiembre de 2008

A ESTA SOCIEDAD

13:45
Mientras aparco el furgón delante de casa, miro la ventana del comedor abierta de par en par, la cortina esta subida, la luz encendida.
Mientras saco la llave de contacto, instintivamente hago un gesto negativo con la cabeza.
Mientras cierro la puerta con el mando, saludo al pakistani que trabaja en el lavadero de coches.
Justo debajo de la ventana del comedor abierta de par en par, dos bancos, como los que hay en los parques.
En uno de ellos, una muchacha.
Me esta mirando, con los ojos estremadamente abiertos, su cabeza medio ladeada.
Su mirada es extraña, aunque sus verdes ojos son preciosos. En su boca, una mueca, como si se estuviera riendo de mi.
Lleva una camisa estampada, uno de sus pechos totalmente fuera.
Sigo observando a esa muchacha. Mi corazón se para un segundo.
En su brazo izquierdo, una jeringa clavada cuelga llena de sangre.
Me apresuro hacia ella, colocando dos dedos en la yugular.
No encuentro sus latidos, acerco las gafas de sol a su boca, pero los vidrios no se empañan.
La muchacha esta muerta.
No se si gritar, no se si correr, no se si llorar.
Incomprensiblemente, saco el móvil del bolsillo, marco el teléfono de urgencias, y con voz queda le explico la situación. Me dicen que llegaran en breves instantes. Acto seguido llamo a la policía, me dicen algo similar.
Me siento en el banco al lado de aquella chiquilla, la vuelvo a mirar, no tendrá mas de veinte años, sus ojos ya no me parecen tan bonitos, ni la mueca de su boca una sonrisa, ahora me parece una mueca de dolor, su mirada demuestra tristeza.
¿ Quizá sera, que ahora que se que ya no esta, es mi percepción la que cambia?
Pienso en cerrarle los ojos, pero ahora ya no me atrevo a tocarla.
A los pocos minutos, llega la ambulancia, después la policía, se arma un poco de revuelo. Hasta entonces nadie se había dado cuenta de nada.
Media hora mas tarde subo a casa, estoy cansado, agotado, triste, indignado.
Mis hijos están sentados en la mesa comiendo sendos platos de lentejas, me miran, pero no dicen nada, lo han visto todo desde la ventana del comedor abierta de par en par.
Yo los miro, y mi cuerpo comienza a temblar, solo de imaginar que en un futuro no muy lejano, uno de ellos pudiera elegir el camino que eligió la muchacha del banco.
Doy media vuelta, me dirijo a mi habitación, cierro la puerta, me tumbo en mi cama, y comienzo a llorar.
No se si lloro por mis hijos, o por la chica fallecida, o por esta sociedad.


J.G.Barbey


PDTA
Esta pequeña historia como otras tantas que escribo, es ficticia.
Pero me gustaría que la leyeseis un par de veces.
Me gustaría que entre todos, pudiéramos cambiar el futuro.
Me gustaría que entre todos, intentásemos cambiar esta sociedad.
Me gustaría que vuestros corazones se ablandaran.
Me gustaría que que el cielo, siempre fuera azul, que la luna siempre fuera llena, en las caras siempre una sonrisa, que la comida fuera felicidad, y el agua pasión, que los reyes magos me trajeran una bicicleta y el ratón Perez una dentadura nueva.
Bueno, ahora en serio.
Me gustaría que intentarais ser mejores.
¿Por que?
¿No se merecen nuestros hijos una sociedad mejor?